Llegó el día en que aquel pueblo de gentes trabajadoras y humildes dijo basta. Basta ya del olvido de una ciudad a la que se marchaban todos sus impuestos pero de la que solo habían recibido durante décadas, y tal vez siglos, promesas incumplidas y aplazadas o palabras altaneras.

Basta ya de suciedad y de aceras descuidadas, desgastadas y ajadas. De baches peligrosos y remiendos sobre remiendos. De farolas apagadas y plazas con fuentes sin agua y papeleras oxidadas y rotas, árboles sin podar, plaga de insectos y maleza desordenada. De solares sin vallar ni adecentar. De falta de servicios, instalaciones públicas y de seguridad ciudadana. De clases escolares masificadas, consultorios desatendidos de servicios básicos y solares sin construir, en manos de unos pocos. De solares y calles inundadas cada vez que alguna tromba de agua caía. Esos torrentes de agua que no podían encauzarse por ramblas taponadas y alcantarillados sucios y descuidados, por la simple y peligrosa desidia de los de arriba.

«Para qué vamos a gastar en ese pueblucho perdido. Si la mayoría en nuestra ciudad no sabe ni dónde está, ni que es nuestro. Si sus votos no valen para nada…», pensarían, supongo, generaciones de «ilustrísimos y excelentísimos» alcaldes y concejales de ese gran (y endeudado) «super municipio».


Así que ahora sí que era el momento de que todos y todas hablaran bien alto y claro y con una sola voz, sin vaguedades ni vacilaciones. Basta ya de enfados sin solución, de reiterar las mismas quejas una y otra vez y obtener las mismas y evasivas respuestas.


Llegó el día que aquel pueblo que nunca podía elegir a sus representantes vecinales, puestos a dedo desde la metrópoli, se hartara del todo y por fin despertara. Y se dio cuenta que a pesar de años de escritos presentados en el registro municipal, llamadas a los teléfonos de atención al ciudadano o quejas de palabra dirigidos al ayuntamiento o al concejal de turno, a la postre el tiempo y los años pasaban y sus ruegos y súplicas insistentes no servían para nada.

Llegó, pues, ese día en que las pocas voces que clamaban en el desierto, por fin fueron escuchadas, entendidas y valoradas. Y dejaron de ser ignoradas, mal vistas y menospreciadas.

Solo había una solución para que esa villa por fin apareciera en el mapa del gasto público y resurgiera de las cenizas del olvido y la dejadez. Que los recursos percibidos regresaran o, mejor, no se marcharan del perímetro urbano de aquellas casi cinco mil almas.


Entonces sus ciudadanos pasaron por fin a la acción. Comenzaron a hacer pancartas, carteles y a lanzarse a la calle sin reparos ni vergüenza. Pero no a sus calles, donde solo ellos mismos serían oído y destino de sus proclamas y reivindicaciones. No. Había que hacerse notar allá donde sempiternamente no los escuchaban y ninguneaban.

Con esta convicción buena parte de los vecinos se plantaron en la enorme y próspera ciudad a la que administrativamente pertenecían, capital de un vasto y desigual municipio, y recorrieron sus más céntricas y , esas sí, adecentadas calles y se detuvieron ante las más nobles y poderosas instituciones locales.


Y allí entonaron odas al hartazgo de tantas décadas de olvido acumuladas, y las que le esperaban si nada cambiaba ni nada hacían para virar el timón de ese mal rumbo.

Y gritaron a voces y en coro y entre aplausos alentadores su “basta ya” que resonó por todas partes y por todos los rincones de esa sorprendida capital.


Llegó el día en que, de repente, todo empezó a cambiar en aquel pueblo adormecido en el olvido. Sus gentes empezaron a recobrar el orgullo por ser de dónde eran, el entusiasmo y la alegría tanto tiempo atrás perdida. El entusiasmo y la ilusión por ser por primera vez dueños de su propio destino. De sus aciertos y también de sus errores, que también tendrían.


Y empezaron a soñar con que con el dinero de sus nóminas y de sus negocios, y de sus casas, sus tierras y su inversiones, se reinvertían en su mismo pueblo y para uso y disfrute de los suyos.

Las calles, las plazas y los parques empezarían por fin a ser calles limpias y arregladas y los servicios públicos tomarían por fin el merecido impulso.


Por fin los vecinos tuvieron una puerta a la que llamar y que siempre estaría abierta. Más le valía, o simplemente caería a porrazos.


Entonces ya el ruego, la súplica, la queja constante y frustrada, dejó de retroalimentarse por un muro donde tanto tiempo habían rebotado las palabras, los deseos y la voluntad de los vecinos.


Llegó un día en que, por fin, ese pueblo, mi pueblo, aunque lo observara desde la lejanía y la distancia, empezó a construir su propio futuro y un porvenir esperanzador para sus vecinos y sus futuros hijos. El hartazgo había conseguido la revolución. Y que todo cambiara para mejor.

© Javier L. García Moreno

(octubre 2022)

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