-Quítate la mascarilla- le susurró como siempre con una sonrisa, mientras que con sus dedos se la bajaba a su chica hasta por debajo de la barbilla.

Ella sonreía entre tímida y complacida. Le encantaba el descaro de su chico, aunque a veces ella no quisiera acatar su petición alegando que tenía frío y ese trozo de tela le abrigaba.

Ella sabía que a él le encantaba mirar y admirar su sonrisa. Su chica, “la princesa de Lentiscar” como la solia llamar cariñosamente. Y besarla. Y abrazarla.

Luego seguían caminando de la mano. Allá donde estuvieran. Paseando sin prisa por nada, saboreando el mero hecho de estar juntos, por la ciudad, el monte o la playa. Él con su sonrisa desnuda, feliz de caminar a su lado cogiéndole suavemente de la mano o abrazándola por su fina cintura.

No le importaba que el mundo a su alrededor pasara a su lado, con sus mascarillas ceñidas por encima de la nariz. Hombres y mujeres solos, o en pareja, o con su familia, o acompañados por otras personas, con niños o sin niños.

Personas sin rostro, de miradas a veces torvas e indescifrables, que los miraban con extrañeza y en algún caso con animadversión.

Pero ninguna mirada suspicaz o arisca le iba a robar a él ni una pizca de esa alegría y felicidad que brillaba en sus ojos y se proyectaba en su sonrisa.

Iba de la mano de la chica a la que tanto quería y eso le hacía el hombre más feliz del mundo.

Y quería que él y ella, ambos, respiraran de un aire natural como ellos mismos. Libres, sin miedos, ajenos al qué dirán, como libre era su amor.

Después de ese interminable, dulce, lento y ardiente beso, que se intercambiaban en cualquier parte, incluso en mitad de una calle transitada, seguían caminando por esos marcos de su amor y que no se cansaban de andar y desandar. Y ella volvía a bajar la mirada y a ajustarse la mascarilla por encima de su nariz.

Era en cierta manera tímida, además de conocida en cierta manera en su ciudad por su condición de profesora en un instituto. Y eso de ir infringiendo las normas de manera constante, aunque fueran estúpidas y sin sentido, y ella fuera tan consciente de ello como su chico, no iba demasiado con ella. Así que se bajaba la mascarilla por el que dirán también y por pasar desapercibida.

Pero esos momentos no duraban demasiado. Hasta que su enamorado se daba cuenta, que solía ser pronto, y caminando más despacio, o parándose en seco, volvía a mirarla con esos ojos de enamorado con los que siempre la miraba.

-Bájate la mascarilla- le volvía a susurrar con dulzura y delicadeza.

Ella lo miraba y sonreía con la mirada y los labios ocultos tras la mascarilla. Él le volvía a deslizar con ternura esa pequeño trozo de tela hasta su barbilla, y otra vez volvía a quedarse embelesado contemplando su sonrisa ruborizada. Como de niña avergonzada y sorprendida pero a la vez halagada.

Y volvía a besarla. Volvían a besarse con los ojos cerrados. Sintiéndose el suave tacto de sus labios, mientras las miradas, suspicaces y a veces envidiosas, pasaban a su lado. Sin poder entender que el amor no puede sobrevivir bajo una mascarilla, tras unos rostros sin sonrisa…

© Javier L. García Moreno

20 marzo 2021