Eva ya no se acuerda quién era antes de que todo esta pesadilla comenzara. Ha envejecido diez años en solo doce meses, piensa, contemplándose frente al espejo cada mañana. Con el brillo de su mirada apagada, resignada. Hace tanto que no se maquilla ni se pinta los labios ¿para qué? Si nadie, ni siquiera ella misma, va a poder verlos. Nada que ver con esa lejana Eva, siempre tan presumida, alegre y vivaz. Esa ella misma que ya ni recuerda, y hasta empieza a dudar si existió, piensa antes de colocarse, con dedos temblorosos, esa mascarilla que tapa su sonrisa casi todas las horas del día. Y le obliga a respirar el propio aire que sale de sus pulmones. Caliente, viciado, venenoso. Un minuto tras otro durante días, semanas, meses.

Ya hace un año de que todo esto empezó piensa ahora mientras conduce hacia su trabajo. Y es curioso, sigue pensando con ese tipo de amargura que oprime el corazón y se enquista dentro, que ya no importa si es lunes, viernes, sábado.

Ya todos los días amanecen y transcurren igual, sin el entusiasmo de antes de que todo esto empezara.

Ella sola, aferrada al volante, con la mascarilla bien ceñida. Sin mirar alrededor, ni a otros conductores que también conducen siguiendo el triste guión de cada mañana. Temerosos, algunos con la mirada ausente. Eva tampoco baja la ventanilla como siempre hacía antes de marzo de 2020. ¿Para qué? Ya no puede inspirar con todas sus fuerzas y con una sonrisa el aire húmedo y revitalizante de la mañana. La que le hacia sentir la mujer más viva y feliz del mundo.

Luego el trabajo. Ocho horas frente al ordenador. Ocho horas sin apartar la mirada de la pantalla. Sin apenas hablar con esos compañeros que tampoco son lo de antes. Sombras apagadas de quienes eran, manteniendo las distancias, la seriedad en la mirada, la parquedad de palabras, incluso quienes eran los más alegres y dicharacheros.

¡Qué tiempos aquellos cuando se pasaban las horas riendo con los compañeros de trabajo! Y esos abrazos y besos sinceros que se regalaban cuando era el cumpleaños de alguno de ellos o había cualquier cosa que celebrar. Hasta un santo o cualquier excusa tonta para brindar con cerveza y desatar carcajadas y risas interminables.

Todo eso ha pasado también. Ahora Eva solo escucha de sus compañeros y repite de sus labios, sin ella misma darse cuenta, las mismas cosas que todo el mundo dice. Las mismas frases apocalípticas y negativas que difunde y machaca sin cesar la radio, la televisión, la prensa escrita o digital, las redes sociales…

(continuará…)

© Javier L. García Moreno

Febrero 2021