Durante meses no conocí su sonrisa. Solo la había visto en fotografías que me enseñaba en la pantalla de su móvil, previo a ser desinfectado con un paño y un chorro de gel hidroalcóholic que siempre llevaba encima.

Ella sí la mía, aunque solo los primeros minutos de conocernos. Luego me obligó a ponerme la mascarilla siempre que estuviera con ella.

Y diréis cómo nos enamoramos en esta situación tan extraña y tan poco amable para la amistad y menos para el amor. Lo hicimos a una distancia prudencial, ella caminaba por el centro del paseo junto al mar, apartándose de los que venían de frente, y yo sentado en una silla de un chiringuito recién abierto después de un largo confinamiento, con una copa de cerveza entre los dedos.

Yo la miré y ella me miró. Yo le sonreí y ella a mí no sé, aunque sí que sus bonitos ojos castaños se achinaron y brillaron con una luz distinta. Intuyo que también me sonreía.

Ella se detuvo, y mientras se desinfectaba y se frotaba la palma de las manos, a unos tres metros de distancia, comenzamos a hablar. Y hablamos y hablamos hasta que, en un arrebato de amor, o intensa necesidad afectiva, ella me impuso que me pusiera la mascarilla que selló nuestro amor.

Y así han pasado estos meses de verano en esta bonita pero extraña relación, en la que los protocolos de seguridad, las distancias y las precauciones no han faltado entre nosotros. Por supuesto, no nos besamos, aún sigo sin saber el sabor de sus labios, así que no sé cómo besará. Eso sí, hemos hecho el amor un par de veces, el cuerpo nos lo pedía casi a gritos y no tuvimos otra opción. Por supuesto, encajados solo por la cintura, intentando no rozarnos, con mascarilla y con visera transparente, y con el bote de gel en la mesilla de noche para desinfectarnos las manos cada dos por tres. Es una pena que en esos apasionados instantes no pudiera comer cada rincón del cuerpo de mi chica a besos, como siempre me ha gustado hacer con todas mis parejas.

Y durante todos estos meses solo soñaba en que algún día esta pesadilla termine. Que no hubiera ningún rebrote ni se hablaran más de contagios en esos medios de comunicación que nos envenenan la mente con noticias negativas a diario. Que todas estas medidas y protocolos de seguridad e higiene se levantasen cualquier día y pudiera por fin ver la sonrisa de mi amada y morder sus labios, o pasear de la mano y poder abrazarla y achucharla cada vez que nos apetezca.

Pero en el último rebrote, ella decidió terminar con nuestra relación. Era demasiado peligroso e irresponsable seguir juntos, me dijo con mirada apenada pero firme.

Los rebrotes estaban a la orden del día y ella se temía, igual que medio país, que lo peor estuviera a punto de llegar a principios de otoño. Así que no esperó a que llegara la nueva oleada de la pandemia, me dejó y se despidió de mí chocándonos los codos, como siempre lo hacíamos.

Yo me quité la mascarilla al verla desaparecer por la esquina. Inspiré profundamente y una bocanada de aire fresco y puro llenó mis pulmones. Volví a sentirme libre y me prometí que no me enamoraría más de quien antepone el miedo al amor.

© Javier L. García Moreno

22 julio 2020