«En los jardines del mar, tus ojos castaños y tu sonrisa me hicieron olvidar el resto del mundo. Siempre me había gustado tu sonrisa desde que te conocí, y tu mirada, a veces algo triste, tratando de recuperar su fogosidad natural y cerrar esas heridas aún recientes que tardé semanas en conocer.


Pero en ese instante eras tú y yo era yo. Uno frente a otro en ese mágico atardecer, en ese recinto de colchonetas, mesas y parasoles blancos, rodeado de frondosos y aromáticos pinos y un ambiente diferente. La música house ambiente nos envolvía y los cuerpos mojados y bronceados iban y venían o se tendían al sol, ceñidos por sensuales y coloridos bañadores.

Y yo seguía atrapado junto a ti. Orbitando o flotando a tu alrededor con el agua hasta el pecho, con una sonrisa embobada, hablando sin parar de tonterías sin sentido que, sin embargo, nos llenaban como la conversación más profunda del mundo.

Sin querer, o casi queriendo, rozándonos al movernos lentamente por el agua. Ese agua que bullía a nuestro alrededor, masajeándonos con sus chorros y sus burbujas. Mientras, dos copas de exóticas frutas y distintos alcoholes, elegantes sobre la madera, tu copa y la mía, se calentaban a nuestras espaldas, al borde de la piscina.
De vez en cuando alargabas el brazo, cogías la copa con sensualidad y te la llevabas a tus carnosos labios, y bebías un sorbo mientras seguíamos sonriendo y mirándonos, como dos soñadores que no quisieran despertar de ese mágico momento. Y yo repetía tu mismo gesto, y la bebida me hacía arder por dentro y desear, lo reconozco, acercarme un poquito más a ti.

Entonces, en un determinado momento, dije algo que no recuerdo pero que te hizo reír aún más. Casi se te cae la copa que acariciabas con los dedos y yo te ayudé a posarla sobre el borde. Mis dedos primero se rozaron y luego se quedaron entrelazados a los tuyos mientras nos mirábamos, y todo dejó de existir menos tú y yo. La música que seguía brotando de los altavoces, las risas y las conversaciones de alrededor.
Nos acercamos a la vez, mis manos rodearon tu cintura y tus fuertes y suavísimos muslos rodearon los míos.
Antes de darme cuenta, nos estábamos besando, con delicadeza y ternura, abrazados como en un sueño imposible hecho realidad.

Me encantaba rozar con mis dedos temblorosos tus cabellos largos mojados y enredarlos en ellos, o dejar que la yema de mis dedos se deslizaran por tu suave o espalda o tus muslos enlazados a mi cintura, mientras seguía besándote y tú a mi, y nuestras pestañas a veces se rozaban haciéndonos cosquillas en el propio corazón…


Y así fue como esa mágica tarde pasamos de ser simples amigos a amantes que se deseaban con dulzura y fervor cada vez que se volvían a encontrar.
Mientras el resto del mundo siguió apurando sus copas en esa piscina, moviendo la cabeza al compás de la música, tomando el sol o conversando y a veces mirándonos y cuchicheando con curiosidad y sana envidia.»

© Javier L. García Moreno

12 julio 2020