EL CORTADOR DE JAMÓN

Él cortaba jamón ibérico con la elegancia de un caballero inglés y la sonrisa de un galán español en un exquisito y afamado supermercado del centro.

Ella, dispensaba gel desinfectante de manos a los clientes que entraban en esa misma y céntrica galería comercial, rodeada de luces y perfumes.

Con una sonrisa resplandeciente y natural que incluso una mascarilla no podía esconder.

Solo había que ver el resplandor de sus ojos color miel para imaginar una preciosa sonrisa poniendo la guinda a una atractiva figura.

Todo fue rápido y, sobre todo, inesperado. Como las bellas y delicadas historias de amor, como el corte suave y exquisito de un cuchillo jamonero sobre la grasienta textura de la pata de un jamón ibérico de pata negra.

Al terminar su jornada, esa chica que dispensaba con cariño y ternura gel hidratante sobre las palmas de las manos extendidas y comulgantes de los clientes que cruzaban la puerta principal de entrada hacia el interior, recordó que no tenía nada en casa para cenar.

Ella no era de supermercados caros ni exclusivos pero le pillaba de camino y le apetecía algo rápido de calentar, una sabrosa pizza barbacoa de una marca cara que solo podía encontrarse en esa boutique de la alimentación.

Y allí, junto al estante de las pizzas, estaba él stand de los jamones y un chico elevado como en un pedestal, armado con un cuchillo frente a una tentadora pata de jamón ibérica enganchado a un jamonero.

Se miraron sin querer y se cruzaron las miradas mágicas, brillantes. Luego se imaginaron las sonrisas. Manuel se enamoró de esa sonrisa que no podía ver, natural, inocente, de labios gruesos y pecaminosos. También, por supuesto, de esos cabellos castaños y ondulados, de esa bonita figura que dejaba entrever bonitos pechos bajo la recatada blusa blanca y americana roja. Su falda roja, a pesar de no ser muy corta, mostraba unas jóvenes y moldeadas piernas.

Ella, Amanda, se enamoró de esa sonrisa segura y feliz bajo una mascarilla negra. De su destreza y delicadeza al cortar lonchas de jamón, que parecían brillar bajo la luz de los focos artificiales. Del poder que desprendía aferrado a su cuchillo jamonero y vestido con un kimono negro y sobrio, que le hacía parecer un amable samurai empuñando y manejando con sobria habilidad una catana.

No tuvieron que hablar demasiado, ambos se lo dijeron todo con la mirada. Ella, con nerviosismo, le pidió cien gramos de ese sabroso jamón cortado en finísimas lonchas, por pedirle algo.

Él, se lo cortó con su acostumbrada delicadeza, sazonada con una pizca adicional de amor. Los ojos azules como el mar de Manuel y los de Amanda se besaron y se hicieron el amor unos largos segundos, como hipnotizados, mientras esté le extendía en una bolsa los cien gramos de jamón recién cortado y ella le extendía la tarjeta.

“Gracias”, susurró Manuel, casi sin fuerza, como si hablara desde un universo lejano. “De nada”, susurró como un gemido casi inaudible, recogiendo su tarjeta y la bolsa con dedos temblorosos.

De regreso a casa, Amanda miraba sin mirar al suelo, ensimismada en su pensamientos. Emocionalmente impactada como nunca le había sucedido. ¿Que haría? ¿Volvería a comprarle jamón cada día para poder verlo?¿Él habría sentido lo mismo que ella? Estaba seguro que si. Las miradas se lo habían dicho todo sin decir nada.

Al llegar a casa y sacar el jamón cuidadosamente envuelto en papel de film de la bolsa del supermercado, vio que además del ticket de compra le había dejado una tarjeta. Su tarjeta de presentación, con su nombre completo, su número de teléfono y su profesión, “cortador de jamón”.

Amanda casi se cae al suelo de la emoción. Tuvo que sentarse. Sus ojos abiertos de par en par, en su cara una expresión de alegría y emoción, mientras sostenía la tarjeta de visita entre sus dedos y no apartaba los ojos de ella.

El corazón le latía apresurado y en la cabeza se le amontonaban los pensamientos y las ideas.

Minutos después, lograba guardar en su agenda el número de Manuel. Sin dejar de sentirse emocionada e insegura a la vez, le escribió un mensaje de whats app.

Tardó más de media hora en responder a su “hola, cómo estás, soy la compañera de la sección de perfumería que te ha pedido 100 gramos de jamón”. La media hora más larga de su vida en la que pasaron mil cosas por su cabeza y empezó hasta a dudar seriamente sobre si se había precipitado al escribirle, y de sus propios sentimientos hacia ella.

Pero no. Manuel al fin le contestó, perdiéndole disculpas por la tardanza. Lógicamente estaba trabajando y estaba ocupado.

A partir de ese momento, la historia de amor entre Manuel, el cortador de jamón, y Amanda, la dispensadora de gel hidrolítico de manos, comenzó a escribir sus más bellos capítulos.

El siguió cortando jamón en su stand diferenciado en la sección de charcutería y ella saludando y echando gel de manos sobre las palmas de las manos abiertas de los clientes que entraba al centro comercial.

Pero por las noches y esos días en los que libraban, compartían todas las horas que podían entre risas, besos, caricias y locuras, hasta caer rendidos sobre el mismo colchón.

A él le encantaba besarla delicadamente y acariciarla como si sus manos fueran un cuchillo jamonero y el cuerpo de Amaya una suave y esponjosa pierna de jamón de pata negra.

Y a ella sonreirle y acariciarlo con la misma suavidad que ese gel con el que se frotaban las manos sus clientes nada más dispensarlo sobre ellas.

© Javier L. García Moreno

29 junio 2020