LA VIEJA FOTOGRAFÍA

Aún recordaba esa fotografía. Solía guardarla en el cajón de su mesilla de noche, y a veces se pasaba hora mirándola, al reflejo de la lámpara de su mesilla. Hasta que le lloraban los ojos, porque sentía demasiado dolor, o porque no podía dormir, o por ambas cosas. ¿Por qué tuvo que dejarlo? Nunca lo entendería. Allí, ella, al borde del mar, quince años atrás, de espaldas a él, sobre una roca. Ella nunca supo que él le estaba haciendo una fotografía ni menos que estaría contemplándola a diario veinte años después.

Ésa fue la fotografía del adiós. Nunca más la vería después de esa triste y ventosa tarde. El viento agitaba su larga melena castaña. Minutos después, ese mismo viento se llevaría las lágrimas de Elías, paralizado y tembloroso de dolor, mientras ella le decía, con una expresión fría y en su bonita cara y un tono áspero en su voz, que su relación había terminado. Que él siguiera su camino y que fuera feliz. Ella necesitaba encontrarse a sí misma y buscar su felicidad, y no podía ser a su lado.

Por fin logró dormirse. Volvió a llorar en silencio y sus lágrimas empaparon su almohada. Y esa vieja y desgastada fotografía rodó de sus dedos y cayó al suelo cuando Elías, por fin, cayó rendido de tanto pensar y recordar y sufrir.

Sus párpados se cerraron. Su respiración se volvió más profunda y pausada.

Esa noche, veinte años después, sus sueños le contaron toda la verdad. La verdad que nunca ella se atrevió a decir de sus labios esa tarde frente al mar y que él nunca supo.

Después de cortar con el chico con el que estaba más de diez años, Amaya caminó lejos de esa playa y de esas rocas. Caminó sin volver la cabeza. Cerca de su casa, dos kilómetros más allá, cerca de su calle, un chico lo esperaba al volante de su coche.

Ella volvió a sonreír al verlo. Abrió la puerta delantera del acompañante y se subió a su lado. Se besaron con intensidad, como dos amantes que estuvieran meses sin verse.

Luego, ese chico, con la misma sonrisa pícara y satisfecha que Amaya, arrancó su vehículo y se alejaron de esas calles y de esa ciudad.

Nunca más volvió Amaya a esa ciudad ni Elías volvió a verla ni saber de ella. Ahora, por fin, sus sueños le revelaron toda la verdad y despejaron todas esas dudas e interrogantes que durante años habían vuelto cada día a su cabeza, martirizándolo.

Y aunque esa mañana despertó con los ojos cubiertos de lágrimas, se sintió por fin aliviado. Como si se hubiera despojado de un peso invisible que llevara cargando sobre sus hombros durante largos veinte años.

Esa misma mañana recogió la amarillenta fotografía del suelo, y en su terraza le prendió fuego con un mechero. Sonreía mientras la foto de esa chica mirando al mar se deshacía en una lengua de fuego entre sus dedos.

Al final solo quedó de ella polvo y ceniza que se dispersó el viento. Y Elías, nunca más volvió a recordarla ni a echarla de menos.

© Javier L. García Moreno

24 junio 2020

Fotografía de José Luis