Por fin, después de muchos meses, los niños volvieron a la nueva normalidad. Los empleados del ayuntamiento quitaron los precintos de las zonas infantiles de ocio de todos los parques del país. Y esos niños durante meses encerrados en sus casas, lejos de sus amigos y los colegios, volvieron a llenar los parques con sus risas, sus carcajadas, sus llantos y sus carreras.

Ahora llevaban mascarillas, ocultando sus pequeñas y joviales sonrisas. Pero aún así sus risas, sus vocecillas agudas y cargadas de vitalidad, volvían a inundar los parques,y las calles.

Aún quedarían semanas, tal vez meses, para que el miedo a ese virus que se había fijado en lo más hondo de las mentes de muchos, ese terror que había casi paralizado y deshumanizado el país durante meses, se diluyera como una pesadilla por los desagües del paso del tiempo.

¿Volvería la vieja normalidad?

Solo el tiempo y los que gobernaban el mundo y las naciones, los que podían decidir sobre los designios, la suerte y el destino de miles de millones de personas, decretando e imponiendo normas y prohibiciones en nombre de la salud, podrían saberlo y decidirlo. En sus manos y en las de tantos científicos e investigadores buscando esa más que deseada vacuna y esos milagrosos tratamientos.

Mientras, ajenos o no a este extraño y amargo mundo que han inventado los mayores, esos niños de todo el país, con sus sonrisas tapadas por sus padres, seguirán riendo, jugando, corriendo, saltando, en esas calles y en esos parques que durante tantos meses no pudieron pisar.

Esperando a que llegue el día que sus sonrisas puedan volver a contagiar y deslumbrar y dar color al mundo..

© Javier L. García Moreno

07 junio 2020