Las miradas se cruzan como siempre por cualquier calle. Pero son miradas que ahora son difíciles de entender, de descifrar, sin una sonrisa que las acompañe. Miradas que antes podían enamorar a otras, o enamorarse, o expresar algo más que calara dentro de quien las observa.
Pero qué difíciles son de entender esas miradas sin esa sonrisa cómplice o inocente o simplemente alegre y feliz que la acompañe y la refuerce. Sin una sonrisa o una expresión facial que pueda remarcar, reforzar o multiplicar un sentimiento, una emoción, una sensación. Que pueda incluso excitar a quien la observa.
Es así. Son estos malos tiempos para el calor y el contacto amable de las miradas, para el amor y el flechazo a simple vista.
Las miradas ahora se cruzan sin poder comunicarse lo que quieren decir. ¿Me miraría por curiosidad? ¿Por casualidad? ¿Por aprecio o simple indiferencia?
Nunca se sabrá.
En este mundo enmascarado, las miradas se han convertido en llaneros solitarios que vagan por el mundo con más pena que gloria, amputadas, sin una sonrisa ni una expresión facial donde poder apoyarse, escondidas de nariz para abajo, e impulsarse al mundo con la fuerza y el brillo de antes.
 
© Javier L. García Moreno
27 mayo 2020