“El bienestar subjetivo es cualquier medida de la cantidad de bienestar que dicen tener las personas de un país. Una medida que se elabora a partir de encuestas y se calcula a partir del porcentaje de personas que se consideran “felices” o “muy felices” menos el porcentaje de personas que se consideran “no muy felices” o “infelices”.”

En estos tiempos de pandemia, el mundo, o gran parte del mundo, ha dejado de ser feliz. De esto nada se habla, porque no es fácil medirlo. Porque las cifras de contagiados, fallecidos o recuperados, sí son cuantificables. Porque el desplome de las cifras de negocio y de empleo, en términos económicos, también son fácilmente cuantificables.

Y para muchos solo lo que se puede cuantificar fácilmente parece que es la única realidad que existe.

Porque el miedo que propagan las instituciones mundiales, los medios de comunicación, los políticos, la misma sociedad, ha calado tan dentro que muchos nunca volverán a ser los mismos. Porque interesa, no sé a quien, una sociedad infeliz y encarcelada, que solo salga a trabajar o a comprar comida, con el espanto y la deshumanización en la mirada. Todos desconfiando de todos. Como robots sin emociones ni sentimientos.

Pero ¿de qué le sirve a un preso tener la seguridad de que sus ahorros crecen? ¿Acaso eso le va a reportar más felicidad, cuando él solo sueña y arde en deseos de recuperar la libertad perdida y ver a sus seres queridos o comenzar una nueva vida? ¿Qué le importa esos ahorros que ahora mismo no puede gastar?

No soy el único que lo piensa, estoy seguro, pero nada de esto he escuchado en ningún sitio. Que el bienestar no tiene casi nada que ver con el dinero. Puede ser más feliz un hombre que solo tenga un bocadillo para comer y un techo donde dormir, pero que puede viajar a donde quiera sus pies, o pueda conocer a cien personas interesantes cada día.

Y si no decídselo, por ejemplo, a Matilde, que lleva un mes sin ver a su novio, responsablemente confinada, y solo sueña con abrazarlo. Y esos sueños que ya se han convertido en pesadilla y en lágrimas. ¡Ella que era pura bondad y dulzura! O a Rosa, que envejece en un cuarto sin ventanas, sola y sin esperanza, sin poder moverse por tantos días confinada, vencida por tantas noticias dramáticas. ¿Aguantará dos semanas más sin caer en las garras de la depresión? O a Pedro, soltero, que su vida era la calle y sus mil amigos y amigas, y ahora ve la vida pasar entre cuatro paredes, consolándose en su propio miedo, perdiendo a ese amor que ya no ha vuelto a ver y conoció poco antes del confinamiento. O a Laura, que no soporta estar confinada con un esposo que hace años que no ama, y con quien convivir por obligación cada día y cada noche se ha vuelto en una terrible pesadilla para ella y sus niños. Incluso han vuelto los maltratos, y no puede hacer nada. O a Ana, separada, siempre de carácter positivo y valiente, que ha podido aguantar las primeras semanas sin parar de hacer cosas en casa, acostumbrada a una vida agitada y entretenida, pero ahora se enfada con todo el mundo y ha dañado a la persona que más la quería.

O a esos niños, millones, que ya se han cansado de jugar a mil juegos, y miran con tristeza por la ventana de sus habitaciones. Añorando pisar esa calle o ese parque que ya no recuerdan. Cayendo en la tristeza de una infancia que ya nunca podrán olvidar…

Ya sé que todo se hace por salud. No niego que haya sido y siga siendo necesario poner medidas, evitar contagios. Por evitar miles de muertes, siempre indeseable.
Pero el bienestar mental de millones de personas, de esas de las que nadie habla y parece que no existen, es tan importante o incluso más que la economía, que nadie lo olvide. Porque el bienestar también es salud mental. Y FELICIDAD.

 

© Javier L. García Moreno

13 abril 2020
Escrito en tiempos de confinamiento