«El Sol sigue latiendo en el cielo con más fuerza. Cada día más cálido y primaveral. Regalando su luz y color a esos corazones ateridos que siguen confinados aquí abajo. En este trocito del planeta Tierra. Atrapados entre paredes o amordazados por el miedo. Con el reloj de sus vidas, millones de vidas, detenido, en medio de un mal sueño. Esperando que todo pase y las manecillas vuelvan a moverse.

Y que los besos y la cercanía dejen de ser perseguidos y tildados de irresponsables. Que el amor viva y fluya en una mirada ardiente, cara a cara, y no se resuma en un simple y vacío emoticono. Que la libertad vuelva a ondear en las sonrisas de la gente y no la tapen las mascarillas.

El mundo ahora es una gigante fábrica abandonada y en ruina. Donde la maleza crece entre las grietas de lo que fuimos y la chatarra de los recuerdos se acumulan.A veces se escucha, como un lamento, un trozo de uralita suelto golpeando un pilar de hormigón de un edificio destartalado y vacío, zarandeado por el viento. Algunos pájaros negros graznan en la lejanía. Por lo demás. Silencio. Solo se escucha el silencio.Y ese extraño zumbido que cada vez más gente escucha en mitad de la madrugada. En mitad de sus largas noches en vela. En cualquier lugar del mundo. Un sonido inexplicable que viene de alguna parte pero nadie sabe de donde.Pero yo prefiero quedarme con este no menos extraño resplandor que ha aparecido en mi cámara, y que parece que quiere transmitirme algo. Darme un mensaje de esperanza en forma de caricia cálida y cegadora, en este domingo de resurrección.

Volveremos…»

© Javier L. García Moreno

12 abril 2020
Escrito en tiempos de confinamiento

 

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