Hace muchas décadas que las novelas, series y películas de ciencia ficción nos dibujan un escenario futurista similar. A una sociedad deshumanizada que se comunica con hologramas o virtualmente con sus seres más allegados o queridos. A una sociedad de hombres y mujeres medio robotizados e inexpresivos.

Reconozco que nunca he sido fan de esta temática ni me ha atraído esa visión de nuestras futuras sociedades, donde la tecnología sepulta la esencia de la propia humanidad. Donde el ser humano pierde su esencia social y las relaciones humanas pasan a convertirse en puramente digitales y distantes. ¡Y es que esta visión siempre me ha parecido tan deprimente!

Y aunque reconozco que la tecnología ha avanzado tanto que nos ha ayudado a ponernos en contacto con personas que nunca hubiéramos podido conocer, que nos ha permitido ampliar nuestra red de amistades de forma extraordinaria e impensable hace solo unos años, algo tremendamente positivo, hay límites, pienso, que no deberían sobrepasarse. Y esa frontera es cuando la tecnología termina sustituyendo por completo a las relaciones humanas, al contacto físico y cercano entre dos personas.

Precisamente lo que está ocurriendo estos oscuros días por culpa de la pandemia por el coronavirus. Y es que los gobiernos han decidido encarcelarnos en nuestros propios domicilios por “el interés general” y por evitar, insisten en sus mensajes, la propagación de un pequeño enemigo invisible pero temible. Y esta reclusión obligada, pero a la vez, sorprendentemente bien aceptada por la sociedad, o por buena parte de la misma, es la que nos ha convertido en esos hombres y mujeres de esas novelas de ficción que tanto me disgustaba.

Esa sociedad atemorizada y resignada a comunicarse en la distancia con amigos y familiares, por whats app o videoconferencia, donde el abrazo de verdad, los besos cálidos o simplemente el calor del contacto humano, ya sea con la pareja, entre amigos, simples conocidos o familiares, casi se ha erradicado.

Y es que está perseguido e incluso mal visto lo que hace unos días era, para mí, el mayor tesoro de nuestra cultura española, mediterránea y latina. Nuestra forma de ser hacia con los demás, cercana, cálida, humana al fin y al cabo. ¡Ahora incluso te llaman irresponsable por querer estrechar la mano o dar un par de besos o te miran mal!

Porque no hay nada como la mirada o la sonrisa sincera de esa mujer o hijo que amas, de ese amigo o amiga que tan bien te cae y cuya presencia tan bien te hace sentir, de esa madre a la que tanto quieres. O la mano en el hombro o ese abrazo de alguien que te estima y te quiere, cuando más lo necesitas. Llenándote de calor y luz el corazón y el alma cuando naufragas en la tristeza.

Espero que esto solo haya sido una pequeña y transitoria pesadilla y todos volvamos a ser los humanos que éramos. Y no esos hombres y mujeres de ese horrendo futuro donde lo virtual erradica a lo real.

Y que volvamos a intercambiar esas miradas de pupilas brillantes que te acarician el corazón, cuando el coronavirus pase.

© Javier L. García Moreno

15 marzo 2020