Hay un tipo de personaje en el paisanaje de la península o al menos en gran parte de ella, desconozco también si fuera de las fronteras peninsulares abundan o, por contra, es una especie autóctona a estos lares, que comúnmente solemos denominar como “fanfarrón” o “fantasma”.

Los hay de muchos tipos  y los he visto de muchas clases. ¡Incluso silenciosos!

Pues algunos se piensan tan importantes que ahorran palabras y miradas ¿Saludar al vulgo? ¿Rebajarse, enarcar las cejas a modo de saludo, ellos? A ver si hablan demasiado y por la “boca muere el pez”, como se suele decir…

En este caso podríamos estar hablando de un fanfarrón tácito o subliminal. No son sus palabras, sino sus gestos y desaires los que “hablan” por él.

Pero en este artículo quiero circunscribirme al fanfarrón fácilmente distinguible. Expresivo, dicharachero. Ese que no escucha, que no le interesa nada de lo que digas. Ese que no tiene amigos y sólo busca audiencia para sus “fantochadas”, esas que “suelta” mientras se mesa el flequillo dándose aires de importancia.

Ese que sabe más que nadie. Que presume de saber todo aunque muchas veces, o la mayoría, sabes que está equivocado. O que está tergiversando para su propio lucimiento.

El que conoce a Menganito de toda la vida, si dices que eres su amigo. “Y yo más”, es su lema. El que tiene un trabajo alucinante, donde él es el mejor y más resoluto. El que tiene tantas historias y anécdotas que contar, aunque llega un momento que sabes perfectamente que la mayoría son mentira y el resto exageraciones.

Porque lo conoces de chaval, y sabes que siempre ha sido un fanfarrón y un fantasma redomado. Y con los años no cambia, sino empeora.

¿Por qué cambiar?

Si casi todo el mundo le cree. Casi todos lo escuchan con la boca abierta y aparente admiración.

Este tipo de gente termina convirtiéndose en insoportable, pero al final, ¡oye!, ¡no le suele ir mal en la vida!

Si dan una clase en una academia, todo lo saben, aunque no tengan ni idea. Si trabajan en una oficina como conserje ¡por sus manos pasan todos los procedimientos y todas las decisiones administrativas! Pues ¿qué sería la empresa y sus pobres jefes sin su infinita sabiduría y su infalible asesoramiento?

Para concluir, quiero subrayar en relación al mundo literario por el que me muevo como escritor, las palabras de un editor amigo que, recientemente, me confesó la de “fanfarrones” que hay también entre los que le dan a la pluma. Escritores que convencen a editoriales con fanfarronerías de gran calibre. “Me conoce tanta gente y mi reputación es tan extraordinaria, que si me editas mi libro, de una sentada, sin despeinarme, tengo ya 200 libros vendidos!”.

“Fantochadas” que, sin embargo, y aunque parezca mentira, “cuelan” y consiguen sus propósitos, ¡al menos en el corto plazo, aunque al final el fanfarrón se delate como tal!

Pero lo cierto y verdad, amigos lectores, es que a los fanfarrones le suele ir bien. ¡Oye, sus “fantasmadas” cuelan! Así que ¿Por qué van a cambiar? ¡Que les quiten lo “bailao”, dirán!

Así que termino estas líneas con la misma frase que da título a este artículo.

FANFARRONEA, QUE ALGO QUEDA

Pues eso…

¡Buena entrada de año amig@s!

JLG